Cuando eres pequeña y ves películas de princesas, sueñas con
algún día poder amar de la manera que lo hacen las protagonistas de las
historias o tal vez dar ese beso de amor que te rescate de las garras de un
malvado dragón, que a esa edad casi siempre es tu madre que te manda a recoger
la mesa o arreglar tu cama; vives en una burbuja de irrealidad en la que tú
eres la damisela en peligro y en algún momento piensas que encontrarás a tu príncipe.
Pero después de varios años y de muchas experiencias llegas
a la conclusión de que ni tu madre es un dragón malvado que te amenaza con
comerte, ni que tus amigos son ratoncitos que te ayudan a encontrar una salida
de la torre en la que estas encerrada, ni que la bestia a la que tienes por
pareja se convertirá en un galante príncipe después de que le des ese tan
ansiado “beso de amor verdadero” y es en ese momento que la realidad te cae en
la cabeza como un chubasco en un día de abril.
Es así como aprendes y sales adelante como una princesa,
pero sin la ayuda de nadie y solo con la fortaleza que caracteriza a esos
personajes de los cuentos de hadas.